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Rincón de los Paraísos Múltiples

EL PARTIDO AÚN NO HA ACABADO

EL PARTIDO AÚN NO HA ACABADO

        Quizás parezca fácil transformarse en otra persona de la noche a la mañana, pero no lo es. Hace unos años yo no era como lo que veis ahora, hace años era una persona más responsable, más estable, con las ideas más claras y con un futuro dibujado que pintaba muy bien: iba a casarme, nos habíamos comprado una casita, habíamos llevado al mínimo las precauciones de cara a tener un niño… Todo era “casi perfecto”, ya que la perfección absoluta no existe.

         Pero de la noche a la mañana se fue todo al traste. Un día como otro cualquiera ella pronunció esas odiosas palabras que ningún hombre quiere oír: “Ya no sé si te quiero sólo como amigo o cómo te quiero…” Y ahí se acabó todo. Unos cuantos años que se iban por el retrete a una velocidad de vértigo. Y ahí estaba yo, que había abandonado tantas cosas para dedicarme a esa relación, que lo había dado todo (ese fue, creo, el mayor error) por esa relación que ahora me dejaba con la mayor cara de idiota que nunca hubiera imaginado tener.

         Al principio la sensación es de negación, no aceptas que algo así pueda estar pasando, NO a mí y NO tan cerca de la boda y con un futuro en común por delante. Pasas los días diciéndote que sólo es una mala racha, que va a volver, que es algo pasajero, que es miedo al compromiso… Y la llamas y le dices todo lo que la quieres, cuánto la echas de menos… Y lloras, lloras mucho, una y otra vez, cada día…

         Pero un día, estando hablando por teléfono con ella, cuando han pasado ya tres semanas (tiempo suficientemente extenso para ella como para haber podido olvidarla) y ella te recuerda que hay “más vida” después de ella, te das cuenta de que todo se ha acabado, de que no va a haber un reencuentro, de que se ha ido para siempre… Es lo que yo denomino la fase del hundimiento. Un hundimiento físico, moral, sentimental, mental, anímico… Empiezas a darte cuenta de que todo ese castillo de arena que habías construido está siendo invadido, que ha subido la marea y lo está destruyendo todo. Y sólo silencio y una firme determinación: si ella quiere que no la llame más, no la llamaré más, algún día se dará cuenta de lo que ha perdido (o eso crees tú).

         Lo siguiente es el vacío, el vacío total y absoluto, la falta de apoyos, sobre todo teniendo en cuenta que había abandonado a mis amigos, a esos a los que tanto quería, que nunca me habían dejado… Por estar enamorado. Y no los había apartado un poco, no… Los había lanzado bien lejos durante cuatro años, cuatro años en los que no di ninguna señal de vida, en los que no supieron nada de mí. Y piensas en ellos y te dices: jamás me perdonarán, no debo llamarlos. Y así van pasando los meses.

         De repente un día no puedes soportar más la soledad, no puedes dejar que te coma la desidia y entonces llamas, llamas a un buen amigo, no al mejor de ellos porque a ese sabes que posiblemente le hayas destrozado y no tengas ningún perdón ni dispensa a la que agarrarte. Este buen amigo viene a casa, te recoge, te lleva a dar un largo paseo… Y te desahogas, lloras, le cuentas absolutamente todo, le hablas de ti, de cómo te sientes, pero sobre todo le hablas de ella. Ella sigue ahí, en tu cabeza, no quiere marcharse (y en el fondo tú tampoco quieres que se vaya, es el único lugar donde todavía sigue siendo un poco tuya…) Y este amigo te perdona, te escucha, te aconseja y te saca de casa, esa casa que comenzaba a venírsete encima…

         Días después este amigo te llama y te pide que salgas con ellos, con los amigos de siempre, que te dejes ver. Y te come el miedo, el miedo al qué dirán, a cómo se comportarán contigo. Te sientes despreciable por haberlos dejado, por haberte alejado… Pero sales, te arriesgas en busca de un perdón que no estas seguro que merezcas del todo. Y allí, en primera fila está tu mejor amigo, tu amigo desde hace muchos, muchos años, tu amigo desde que ambos estabais en las barrigas de vuestras madres… Y te abraza, te estruja, llora… Y tú lloras también, seguro de no merecer eso que estás viviendo en ese momento, seguro de que lo mejor que podría haber echo era mandarte a paseo y no dirigirte la palabra. Pero te perdona y te recuerda: “Porque eres tú y sabes que te quiero más que a nada en mi vida, si no… Jamás te habría perdonado”… Esas palabras se te quedan grabadas en el pecho a fuego, para siempre…

         Y así van pasando los meses, vuelves a salir, a sentirte un poco vivo. Pero a cada ocasión que tienes te acuerdas de ella, hablas de ella, piensas en ella y no te deja pensar en nada más. Tus amigos te dicen: “olvídala y vive”. Y por dios que lo intentas, a veces con todas tus fuerzas, pero no puedes… Ha pasado un año y aún no has sido capaz de superarlo. En todo este tiempo ni una sola llamada, ni una sola visita, te empiezas a dar cuenta de que todo lo que tenías con ella era completamente artificial, de cartón-piedra, incluso su familia y sus amigos, esos que fueron también tu familia y tus amigos, te dan de lado, no te miran, no te saludan… Ahora eres el malo, el que no debe ser nombrado… 

         Un día te encuentras con uno de esos amigos de ella, una de esas almas cándidas que todavía quedan por el mundo y te saluda, se para, te pregunta cómo estás… pero no te habla de ella. Y tú preguntas: “¿Cómo está?”. Está bien, con su nuevo chico, ese que más tarde te das cuenta de que ya estaba antes de que tu salieras para siempre de su vida… Pero no la odias por ello, te alegras de que haya rehecho su vida, de que esté siendo feliz. Es en ese preciso momento, más de un año después, cuando te das cuenta de que en realidad la querías, no la querías para ti, simplemente la querías y la quieres y quieres lo mejor para ella. Es ahí cuando te das cuenta de que si te ha dejado es porque merecía algo mejor que tú, es porque tú no la estabas dando algo que ella necesitaba y que ahora a encontrado en él… Te da igual que ese “algo” sea el dinero, si es lo que quiere… Que sea muy feliz. 

         Y al final te rehaces, te das cuenta de que tu vida había girado en torno a una persona, llegas a ser consciente de que no estabas sabiendo ser una pareja: estabas dejando que tu vida, que el centro de tu vida, girase en torno a una persona. Error. Y aprendes, ¡Claro que aprendes! Aprendes que tu vida no puede amoldarse a la de una persona, que la vida de una pareja se construye en torno a dos, que las parejas no crecen por separado cada uno por su lado, crecen y se desarrollan juntas. Aprendes que tu vida es muy diferente a lo que estabas construyendo, aprendes a aceptarte tal y como eres, aprendes que quizás cuando una puerta de cierra, una pequeña ventana se abre… Aprendes a vivir solo, a valerte por ti mismo, a crearte tú mismo esa seguridad que creías que te proporcionaba “esa” persona…

         Y pasan los años, ella se casa (sí, con ese por el que te dejó), tiene un hijo, le va bien en la vida, es (o eso creo) feliz… Y tú te conviertes en un extraño, una persona con un carácter algo difícil que lucha cada minuto de su vida como si fuera el último, una persona que ha aprendido a ver más allá en las personas, que distingue cuando una persona merece la pena de verdad, una persona a la que le va a ser muy difícil volver a vivir una situación parecida porque tiene que estar muy seguro de lo que va a haber al otro lado. Al otro lado tiene que haber una persona que no solo te demuestre que puede hacerte feliz, que es muy importante, si no que te demuestre que puede ser feliz contigo porque, si algo he aprendido, por mucho que os cueste creerlo, es que la felicidad de uno mismo en una relación pasa, en un noventa por ciento, por la felicidad de la otra persona…

         Muchos años han pasado desde aquello y yo nunca he perdido la esperanza de que en algún lugar, algún día, cuando menos me lo espere, aparecerás tú, la persona definitiva, la de verdad, con la que intentarlo en serio de nuevo (porque amagos, experiencias, pseudo-relaciones… ha habido muchas desde aquello), con la que ser feliz y hacer feliz. Puede que hasta ya hayas aparecido en mi vida y aún ni tú ni yo lo sepamos. Cuento con muchos hándicaps en mi contra pero… aunque nunca he sido la estrella del equipo, no hay que descartarme a las primeras de cambio, soy de los que rindo mejor a medida que avanzan los minutos, cuando se me conoce en distancias cortas…

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2 comentarios

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cristina -

suerte!!
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